El talento nunca es suficiente


Un nuevo juego requiere nuevas habilidades. Sin embargo, no todo el mundo entiende el cambio de juego y las habilidades requeridas para jugarlo bien.

Un excelente vendedor es promovido y se convierte en un pésimo gerente de ventas; un destacado profesor es ascendido y se transforma en un pésimo director de carrera; un diseñador muy talentoso es promovido y termina siendo un pésimo director de arte.

El Principio de Peter

Estas situaciones son ejemplos del llamado Principio de Peter que dice: “en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. En ocasiones, también se explica como: “las personas que realizan bien su trabajo son promovidas a puestos de mayor responsabilidad, hasta que alcanzan su nivel de incompetencia”. Como muchos sabrán, el Principio de Peter fue reflejado en el libro homónimo de Laurence Peter y Raymond Hull, publicado en 1969.

Estos eventos, normales y habituales, tienen su causa bien identificada: quienes cambian de posición siguen utilizando las mismas habilidades del rol anterior, como si no hubiese cambiado el juego. (Siguen utilizando las habilidades que los convirtieron en efectivos en el juego anterior).

La primera dificultad radica en no saber –o no comprender– la existencia de diferentes categorías, niveles o juegos. La segunda, en no saber –o no comprender– que una nueva categoría, nivel o juego puede requerir nuevas y/o diferentes habilidades para ser efectivo en su desempeño.

Hace algunos años, mi peluquero personal (en la ciudad de Tigre, Argentina), me contó una historia que refleja esta misma condición, en otra industria completamente distinta. Él había sido autodidacta durante sus primeros años de trabajo, hasta que –producto del éxito comercial de su peluquería– decidió hacer un curso de especialización en una academia muy prestigiosa.

El primer día de clase, y como parte de la práctica a la que someten a los estudiantes, le sentaron a una “víctima” para que le cortara el cabello. Sin dudarlo un minuto, hizo lo que sabía para lograr un resultado perfecto. La directora de la academia se acercó y le dijo: “tengo que admitir que usted es un maravilloso cortador de pelo… y aquí lo vamos a convertir en un maravilloso estilista”.

Su primera reacción fue de sorpresa, hasta que entendió algo que no había sido evidente: con sus habilidades, él estaba al tope de la categoría “cortador de pelo” y al fondo de la categoría “estilista”. La existencia de dos categorías diferentes, que requerían habilidades distintas para poder destacar en ellas, se hizo presente.